martes 30 de marzo de 2010

séverlA

Y en la desgracia un suspiro,
un escape,
una traición.
No deseo quedarme solo.

Aprieto su cabello enroscando mis nudillos,
grito,
los ángeles no me escuchan,
la tierra no me quiere ni tragar.

Mareado, con el mundo borroso, escucho el alboroto,
es él, en el suelo destrozado,
soy yo, vacío,
nuevamente solo.

De mis dedos traspirados resbala el cielo,
es veloz,
un estruendo y el pavimento se tiñe ensangrentado.

Hoy nace otro corazón roto.




Juan José Oviedo.

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